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El arte existe porque la vida no basta. Esta cita la leí el otro día en alguna red social y me dejó pensando…

Poco a poco, a medida que la globalización económica y cultural avanza, nos hemos convertido en trabajadores -mujeres y hombres-, sometidos a las prisas, al ritmo frenético de la posmodernidad, y a una vida cada vez más alejada de los ciclos naturales, las estaciones,la tierra donde vivimos o nuestro propio cuerpo y energía. Y así, llega un punto en el que olvidamos qué es en esencia la vida, qué sentimos, qué creamos y, en definitiva, para qué hemos venido hasta aquí. Muchas personas lo pasan por alto y siguen sumidas en la vorágine de trabajar y consumir sin tregua. Pero existen otras que sienten un vacío inexplicable y buscan más allá. Para llenarse, para realizarse. Para volver a sentir. ¿Por qué? Pues precisamente por esto: porque el arte existe porque la vida no basta.


La primera vez que aterricé en una clase de danza oriental acababa de dejar de fumar y buscaba relajarme, moverme y mantener la mente ocupada. De pronto, casi por vez primera desde que conservo los recuerdos más tempranos, fui consciente de mi presencia frente al espejo, de mi propio cuerpo y de mi postura, de lo que yo estaba proyectando al mundo con mi movimiento. Como a muchas nos pasa, me percibí torpe, falta de experiencia y muy poco atractiva.


Clase a clase, mes a mes y año a año, asistí a mi propia transformación y fui adquiriendo cierta prestancia, elevando poco a poco mi cabeza, perdiendo los miedos y apartando fantasmas, soltando lastres. Hasta que mis brazos y manos se liberaron y acompañaron al resto del cuerpo en un movimiento dotado de sentido. Recuerdo la incorporación de los brazos y manos a la danza como un punto de inflexión. El momento en que dejas la iniciación y comienzas a disfrutar de un paso adelante, cuando sientes por vez primera libertad para seguir aprendiendo e ir dejando espacio para el sentimiento, eso que llamamos arte y que muchas necesitamos para ser felices.


Después de un tiempo danzando con todo el cuerpo, nuestra profesora nos enseñó a mover la cara (movíamos la boca teatralmente, fruncíamos el ceño, agrandábamos nuestros ojos…). Es curioso ver a alguien bailar con el gesto hermético, y también ver una actuación en la que una bailarina se queda paralizada por los nervios o pierde la memoria por ese mismo motivo. Superar esto no es cosa de dos días. Hay que ser consciente de ello y cuesta tanto que en esto andamos todavía...


Hasta que hace unas semanas sin ir más lejos, llegó un nuevo hito. No sólo hay que bailar y pensar lo que se baila -porque la inteligencia es parte fundamental del baile, la danza hay que pensarla, hay que centrar los esfuerzos y atención en el movimiento y en la música, dejar todo lo demás en una simbólica mochila fuera de la clase, y eso cuesta mucho), si no que hay que sentirla y sacarla para fuera. Volcarla al exterior y ser coherente con el estilo que se baila: qué transmite, qué expresa y de dónde surge. Para ello, nos remontamos a los orígenes de cada ritmo, y hay que aprender también historia y cultura, poner en marcha la memoria y el conocimiento. Saber escuchar.


Y en ese punto surge otra dimensión nueva y apasionante, la de expresar. Y de pronto el círculo se completa pero nunca se cierra, como ese infinito que se dibuja en la danza oriental, un movimiento que no se cierra y que siempre continúa, porque la danza es eso, un aprendizaje constante e infinito en el que a medida que progresas más allá del horizonte, profundizas en tu alma e interior, y descubres una práctica casi nueva: el autoconocimiento.


La danza es arte, es aprendizaje pero también es desaprender.


- ¿Desaprender, dices?

- Si, dejar atrás complejos, inseguridades adquiridas, bloqueos y rigideces para volver a algo innato y natural, y sin embargo tan complicado de recuperar como es la espontaneidad, la libertad y la felicidad.


Me di cuenta precisamente viendo a mi hija Victoria bailar: ella era feliz y libre, sonreía, se expresaba y creaba sin pensar en nada más con movimientos sutiles y exagerados al mismo tiempo, con caras de alegría o de concentración. Delante de mí, sin vergüenza y dejándome ver su propio yo. Un privilegio que me regala cada día y una victoria que ella disfruta y que yo debo alcanzar. Ese movimiento infinito que nos carga de energía positiva y de esa alegría que transmiten los ojos y la sonrisa de un niño feliz.


Esa actitud que traspasa la clase y nos ayuda a mejorar en nuestra vida diaria, a erguir nuestras cabezas, a caminar con estilo, a hacer crecer la autoconfianza y a vivir con más alegría y por tanto, con más tranquilidad y respeto por los demás.


¡Danzad amigas, porque el mundo no es suficiente, porque el mundo sin arte es peor y más rudo, porque danzando hacemos la paz y la armonía y nunca la guerra y la injusticia!


Ese será nuestro secreto en este camino conjunto, ese será nuestro reto infinito: Lainhaya. Y por esos motivos, como reza una cita que nos regaló nuestra maestra, ‘el suelo que pisa una bailarina es suelo sagrado’.



Mireia Corachán


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